Ciudades para un clima que ya no existe
Irma Valdebenito, académica de la U. Mayor Temuco, escribe opinión en El Austral de Temuco el 31 de julio de 2026.
En pocos días, Chile pasó de calles anegadas y árboles caídos en el sur a quebradas activadas, localidades aisladas y cortes de agua en el norte. Al 21 de julio, el sistema frontal había afectado diez regiones y dejaba 10 personas fallecidas, cuatro desaparecidas, 2.281 damnificadas, más de 104 mil aisladas y sobre 23 mil viviendas dañadas. No estamos ante una simple semana de mal tiempo, sino ante una advertencia sobre cómo habitamos nuestro territorio.
Entre el 15 y el 20 de julio, la DMC registró 159,8 milímetros en La Serena, casi el doble de su precipitación anual normal, y 312,3 en El Tololo. En Quinta Normal cayeron 125,5 milímetros en seis días, cerca del 44% de su promedio anual. En Temuco llovió menos, pero la emergencia tuvo otro rostro: ráfagas sobre 90 kilómetros por hora, caída de árboles y postes, voladuras de techumbres y cortes de electricidad. La Araucanía llegó a superar los 187 mil clientes sin suministro eléctrico. En la mañana del 21 de julio aún permanecían 13.148 clientes sin luz en la Región y 102 mil en el país. En Coquimbo, 155 mil clientes continuaban sin agua potable por la turbiedad de las fuentes de captación. No son solo hogares a oscuras: son alimentos y medicamentos sin refrigeración y dificultades para calefaccionarse o comunicarse.
Una lluvia intensa es un fenómeno meteorológico, que se transforme en desastre depende también de nuestras decisiones. Hemos cubierto grandes superficies con cemento y asfalto, reducido humedales y construido en quebradas, riberas, laderas y sectores bajos. El agua que antes podía infiltrar encuentra superficies impermeables, corre con mayor velocidad y llega concentrada a colectores insuficientes, obstruidos o diseñados para un clima que ya no existe.
Tampoco corresponde responsabilizar solo a las familias que viven en zonas de riesgo. Muchas llegaron allí porque el suelo era más barato, no existían alternativas habitacionales o décadas de sequía hicieron parecer segura una quebrada que nunca dejó de ser un cauce. La vulnerabilidad también se construye mediante desigualdad y planificación deficiente.
Como matrona de La Araucanía, no puedo separar esta discusión de la salud. Las emergencias afectan con mayor fuerza a embarazadas, recién nacidos, personas mayores, pacientes crónicos, personas electrodependientes y familias con menos recursos. Cuando faltan agua segura, electricidad, conectividad o acceso oportuno a un centro asistencial, el problema ambiental se convierte en un problema sanitario y social.
Mientras vivimos este invierno, Europa occidental acaba de registrar su junio más cálido desde que existen mediciones. Eso no permite predecir exactamente nuestro próximo verano, pero sí comprender la señal: después de las inundaciones vendrán el calor, la vegetación seca, el viento y el riesgo de incendios forestales. Una ciudad resiliente no puede prepararse para una sola estación.
Un temporal no demuestra por sí solo el cambio climático. Sin embargo, la acumulación de lluvias extremas, olas de calor, sequías, incendios y alteraciones de los ecosistemas forma parte de una crisis mayor. El calentamiento global es solo uno de los nueve límites planetarios. Los otros son la integridad de la biosfera, el cambio de uso del suelo, la alteración del agua dulce, los flujos de nitrógeno y fósforo, la acidificación oceánica, los aerosoles atmosféricos, el agotamiento del ozono y la contaminación química. Siete ya han sido sobrepasados.
Plantar árboles es parte de la respuesta, pero no basta con plantar cualquier árbol. Necesitamos especies nativas o adaptadas al territorio, espacio para las raíces, evaluación sanitaria y podas correctas. Un árbol debilitado o confinado por el cemento puede transformarse en un riesgo; un bosque urbano bien planificado entrega sombra, reduce el calor, retiene agua y mejora la salud.
Irma Valdebenito, académica Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud, U. Mayor Temuco.
