La otra cara de O’Higgins: el sibarita que con gastroregalos mantuvo afectos durante su exilio
Una investigación liderada por académica de la U. Mayor revisó la correspondencia del Padre de la Patria entre 1831 y 1842, y descubrió que a través de diversos dulces, como rosquillas, bizcochuelos y chocolates, cultivó un vínculo permanente con familiares y amistades durante su ostracismo en Perú, uno de los periodos más difíciles de su vida. Esta costumbre, propia de la elite, ayudó a difundir productos y a reforzar vínculos culturales Chile y el país vecino.
A la hora de describir a Bernardo O'Higgins, la historiografía tradicional se ha centrado en el uniformado, el gobernante y el prócer, marginando su vida cotidiana, sus emociones y su forma de relacionarse con otras personas. Lo cierto es que en la intimidad de su hogar fue un amante de la gastronomía, un foodie o winelover, como sería catalogado hoy, pues gozaba del vino, el té, el café, el chocolate y los dulces.
Para conocer más a fondo al Padre de la Patria y profundizar en cómo la comida significaba para él una herramienta de afecto, amistad, gratitud y diplomacia, un estudio liderado por la Dra. Amalia Castro, directora del Centro de Investigación en Artes y Humanidades de Universidad Mayor; y Fernando Mujica, de la Escuela de Sommeliers de Chile, revisó las cartas que intercambió O'Higgins durante su exilio en Perú (1823-1842), periodo en el que trató de mantener los vínculos afectivos en Chile con sus seres queridos, tanto familiares como amigos.
Las misivas, escritas en la última etapa de su vida, desde los 44 años en adelante, reflejan la importancia de los obsequios para la elite de la primera mitad del siglo XIX, específicamente de aquellos asociados a alimentos, llamados también gastroregalos, que en un comienzo estuvieron en el corazón de las negociaciones de O’Higgins, y luego fueron parte de la conexión con su círculo cercano: su hermana Rosita, primos, amigos, compadre y administradores de haciendas, entre otros.
“En sus cartas vemos a un O'Higgins distinto del héroe militar: más doméstico, afectuoso y preocupado por las relaciones personales. Los regalos le permitían sostener redes de cariño y pertenencia en un contexto marcado por la distancia, el desarraigo y la nostalgia”, explica la Dra. Castro.
Entre los regalos culinarios de El Libertador se detectaron doce distintos, de ellos once representaron alimentos dulces. Entre ellos se cuentan alfeñiques, bizcochuelos, mermeladas, chocolate de canela, pan dulce, rosquillas y caramanducas, los que aparecen descritos en los mensajes intercambiados cuando ya era mayor a 50 años, más precisamente entre el 9 de agosto de 1831, cuando llevaba ocho años de exilio; y el 17 de julio de 1842, tres meses antes de su deceso.
Para detectar estos artículos Castro y Mujica trabajaron en base al Epistolario General de Bernardo O'Higgins, editado por Armando Gómez y Fernando Ocaranza, una colección documental que reúne su correspondencia, en la que encontraron 19 documentos relacionados con gastroregalos, es decir, el 2,11% del total de sus escritos.
“Los regalos favorecieron la circulación de productos, gustos y costumbres entre Perú y Chile. Estos intercambios ayudaron a difundir productos, reforzar vínculos culturales y mantener una relación cotidiana entre ambas sociedades, más allá de las tensiones políticas”, aclaró Castro.

La norma social de la época obligaba a tener dulces para comer y regalar. El no tenerlos significaba un problema. Así lo manifiesta O’Higgins en una de sus cartas de 1837, donde se excusa del gastroregalo porque cayó enfermo el repostero que lo abastecía: “Carabali, que hace los alfeñiques, está en el hospital y no se han podido hacer algunos”, escribió alguna vez a su hermana Rosita.
La dimensión simbólica de regalar dulces, en una época donde el azúcar era todavía un bien costoso, implicaba generosidad, refinamiento y sensibilidad, se señala en el estudio "O’higgins y sus gastroregalos: dulces obsequios de un exiliado (1831-1842)".
El prócer era productor de azúcar y vino, sabía de sabores porque era un sibarita y entendía su carga cultural. “Los gastroregalos nos muestran que la historia también puede escribirse desde la mesa. A través de un jamón, un dulce o una caja de alfeñiques es posible descubrir cómo las personas construían amistad, afecto, prestigio e incluso relaciones políticas. O'Higgins no fue la excepción: usó la comida para hacer diplomacia, pero también para expresar cariño”.
Dulces que perduran
La Dra. Castro indicó que varios dulces específicos, como ciertos alfeñiques, bizcochuelos o preparaciones tradicionales de la época republicana temprana, ya no tienen la misma presencia cotidiana. Los bizcochuelos betunados o escarchados obsequiados por O’Higgins, tienen semejanzas con algunos de los dulces de Curacaví, La Ligua o con los llamados pajaritos dulces. “Existen productos similares, como los dulces tradicionales y otros azucarados, que forman parte de celebraciones familiares”, afirmó Castro, quien añadió que algunas tradiciones perduran, pues todavía “regalamos dulces, chocolates, galletas, tortas, vinos, productos regionales o alimentos artesanales en cumpleaños, fiestas y visitas familiares. Aunque algunos productos específicos cambiaron, la lógica cultural sigue siendo la misma: la comida continúa siendo una forma de expresar afecto y fortalecer relaciones sociales”, finalizó.
