La ciencia detrás de un gol
Verónica Pantoja, neurocientífica cognitiva y académica U. Mayor, escribe columna de opinión para La Tercera, el 11 de julio de 2026.
Es increíble pensar lo que un balón cruzando una línea pueda despertar: alegría, esperanza, frustración. Y la respuesta no está solo en el fútbol, sino también en nuestro cerebro, ya que durante 90 minutos dejamos de mirar un partido y empezamos a vivir una experiencia emocional compartida.
Cuando nuestro equipo hace un gol, el cerebro activa su sistema de recompensa y libera dopamina, relacionada con el placer y la motivación. También aumentan la adrenalina y la noradrenalina, por eso el corazón se acelera, respiramos distinto, gritamos, saltamos o abrazamos a quien tenemos al lado. El cuerpo siente ese gol casi como si fuera un logro propio.
Y eso tiene mucho sentido, porque casi nunca hablamos en singular. Decimos “ganamos”, “perdimos”, “vamos a clasificar”. El equipo pasa a ser parte de nuestra identidad. Ya no son solo once jugadores en una cancha; es una camiseta, una historia, una memoria, una bandera. Cuando se gana, sentimos que algo nuestro también ganó. Cuando se pierde, duele más de lo que a veces queremos reconocer.
Recuerdo el último Mundial en el que estuvo Chile. Veía un partido en un restaurant y cuando llegó ese gol todos nos abrazamos sin pensarlo. Por unos segundos desaparecieron las diferencias o las preocupaciones. Solo existía esa emoción compartida.
Pero esa misma emoción también tiene un lado riesgoso. Cuando la pertenencia se vuelve extrema, el rival puede dejar de ser un adversario y empezar a sentirse como una amenaza. En contextos de mucha euforia, multitudes, alcohol o presión del grupo, algunas personas pueden actuar de manera impulsiva y olvidar que ningún resultado justifica la violencia o la falta de respeto.
El cerebro nos ayuda a entender por qué un gol puede hacernos llorar o por qué una derrota puede doler tanto. Pero también nos recuerda algo importante: las emociones aparecen casi automáticamente; nuestras conductas, en cambio, sí podemos regularlas.
Vivir el fútbol con pasión es parte de lo que somos. Perder el respeto por los demás nunca debería ser parte del juego.
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